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El Matrimonio, un Camino de Santidad

En ellos se celebra cómo la gracia los trabaja interiormente y los transforma, hasta llegar a vivir las virtudes en forma heroica. Llama la atención, por esto, que la Iglesia no presente a alguna pareja de casados que se hayan caracterizado por la santidad en su relación matrimonial y que hoy podríamos presentar como testigos insignes del sacramento del matrimonio.

Parte 5 de 5

Enlaces relacionados
Parte 1: El Matrimonio, Gozo y Tarea
Parte 2: El Matrimonio es Tarea
Parte 3: El Matrimonio es Escuela
Parte 4: El Matrimonio, un Regalo y una Opción
Parte 5: El Matrimonio, un Camino de Santidad

¿Acaso no existe la santidad en la vida matrimonial?

Santos son aquellos que saben amar y el matrimonio es el lugar por excelencia donde podemos aprender a entrar en comunión cada vez más profunda hasta llegar a ser "dos en una sola carne".

Vamos aprendiendo, con ayuda de Dios, a dar y recibir, a entregarnos cada vez más generosamente, a contar con nuestros límites y los límites del otro. Así podemos, a lo largo de los años, configurarnos con el amor salvador de Jesucristo y llegar a ser testigos de la paciencia, de la bondad sin medida y de la ternura de Dios.

Ser santos en el matrimonio es buscar incansablemente caminar juntos, sufrir juntos, gozar juntos, aprender a servir cada día más. Es un largo proceso, con altos y bajos, y tarde o temprano, las propias fuerzas flaquean, los sueños se desdibujan, el amor se cuestiona. Algo nuevo tiene que nacer, un proyecto común, fruto del amor perseverante y de la larga contemplación de Jesús crucificado, maestro de dolores y fuente de vida nueva. De su costado y del nuestro brota la misión como pareja, la impronta que cada pareja aporta a la sociedad.

Los caminos de Dios para los casados pasan por sendas humildes y cotidianas que cada pareja recorre con gozo y con dolor y que los santos se disponen a llevar hasta el final.

Nadie se salva solo, pero esto adquiere un significado especial en el matrimonio. La salvación, el amor liberador de Jesucristo para mí, pasa por mi pareja y me plenifica. Es por esto que cada cónyuge se hace santo con el otro, a través del otro, por el otro. Mi tarea para contigo es anhelar que mañana participes en el gozo del cielo y hoy, participando en los afanes y trabajos de los hombres, sepas responder a los llamados de Dios para ti.

Nos parece que la santidad en la pareja pasa por algunas conductas y aprendizajes que son canales de comunicación y de gracia:

1. Aprender a escuchar

Es una manera muy especial de querer y amar. Necesitamos ser escuchados, ya que, al serlos, nos sentimos valorados, respetados, confirmados en nuestro ser mismo.

Cuesta escuchar a mi pareja, dado que supone crear un espacio interior en mí, un lugar donde acoger, y esto requiere postergar planes y deseos propios, disponerme a entrar en comunión, posiblemente tener que revisar juicios y maneras propias de ver y por último, será necesario eventualmente servir. En pocas palabras, para aprender a escuchar hay que olvidarse de sí, estar dispuesto a desinstalarse por amor al otro.

Escuchar no es algo pasivo. Hay que descubrir, en lo que el otro dice, lo que el otro es, lo que quiere decir, lo que se atreve a decir. Es ir más allá de las palabras para descubrir al otro en toda su realidad, en su historia, en sus proyectos. Por eso, para escuchar a nuestra pareja, no solo hay que hacerlo con los oídos, sino con la mente, con el corazón, con todo nuestro ser.

Es frecuente querer oír del otro sólo aquello que uno quiere oír, lo que no perturba mis planes ni me cuestiona en mi manera de ser. Así puedo permanecer tranquilo, en lo mío, tratando que la realidad del otro no me toque. A menudo oímos sólo para responder y seguir en lo propio, no para acoger.

Al casarse una pareja se compromete a vivir en comunión y para ello necesitamos aprender a ver el mundo desde un punto de vista distinto del propio. El escuchar con el corazón es un paso importante en el descentrarnos. Nos hace salir de nosotros mismos y entrar en la perspectiva del otro, dada por su historia y su familia, sus miedos, sus gozos e intereses.

Cuando escuchamos verdaderamente, nos hacemos dóciles y vulnerables a la suerte del otro, y de los otros, y esto nos desinstala y nos hace peregrinos, contemplativos. Acogedores de la suave voz de Dios que nos invita a crecer y a servir a los demás como El mismo quiere hacerlo.

Es así como escuchar, la más sencilla de las vivencias humanas, pasa a ser un medio indispensable que nos hace nacer a una nueva existencia. Morir es una manera de poder resucitar.

Santos son los que, reconociendo sus sorderas, ayudados por el amor de Dios, aprenden a escucharse y aceptarse con libertad, tal como cada uno es.

2. Aprender a confiar

Confianza es la firme decisión de mostrarme al otro en mi verdad, hacerme transparente a su mirada para que descubra en mi interior, mi realidad, hecha de grandezas y limitaciones, caídas y miserias. Es la capacidad que tengo de desnudarme y permanecer disponible ante el otro.

Confianza no es un compartir con el otro sobre la realidad que nos rodea sino, principalmente, dar cuenta de lo que soy y me pasa.

A nadie le sale fácil confiar de esta manera, supone creer en la bondad y en la grandeza de corazón del otro, es tener la firme convicción que puede comprenderme, tomarme, acompañarme en este momento de mi vida y en los que vendrán.

Cuando se desconfía se afirma implícitamente : "no creo en tu bondad, en tu capacidad de tomarme como soy". Es una descalificación del otro.

No es posible establecer una relación estable y verdadera sin la firme convicción de cultivar la confianza. Necesito decidir poner mi vida, lo que soy y lo que hago, en las manos de mi pareja, tengo que vencer mil dudas y temores sobre la conveniencia de hacerlo, sobre la bondad del otro y sobre mi propia amabilidad. Cuesta mucho mostrarse a sí mismo necesitado y vulnerable, es el temor a ser ridiculizado, incomprendido, descalificado. Es en estas situaciones donde cada gesto, mirada y palabra del otro adquiere un significado y un valor inconmensurable que expresan el cuidado y la habilidad para reconocer lo más profundo y hermoso que hay en cada uno de nosotros.

Cuando flaquea la confianza, se crea lentamente un paralelismo y una soledad en la relación, que le quita fuerza al amor matrimonial y al deseo de santidad que habita en cada uno.

Muchas veces -y es fácil- culpamos al otro por su dificultad para acogernos en nuestra debilidad y buscamos compartir con otros lo que no queremos o no sabemos compartir en pareja. Nuestro compromiso primero es permitir que el otro sepa todo lo que soy y me pasa, como también ayudarlo a crecer en realismo y humanidad para amarnos con un amor verdadero y salvador.

El amor y la gracia de Dios son los que nos convencen interiormente que nos arriesguemos una y otra vez a poner en común y a acoger la debilidad, los límites y la pobreza de ser hombres. En realidad cuesta creer que una relación verdadera y hermosa se construye con estos materiales.

La confianza es un largo camino, un estilo de vida, un requisito indispensable para vivir en el amor. De ninguna manera podemos confundirla con un sentimiento. Los sentimientos son cambiantes, mientras la confianza es una decisión que tenemos que tomar 70x7 veces y mucho más cada día.

3. Aprender a perdonar

Un tercer camino por donde circula la gracia y hace florecer a la pareja es el perdón, remedio indispensable ya que cada día nos herimos. Son tantas las diferencias que nos separan y las limitaciones que cada uno tiene, que nos impiden estar atentos para querer y amar al otro como lo necesita. También el pecado opera en nosotros y nos enceguece haciéndonos elegir alternativas que hacen sufrir al otro.

Perdonar es la capacidad de comprender al otro en sus errores, en su debilidad, en su pecado, ir a su encuentro y, mirándolo con ojos renovados, restaurarlo en su dignidad para seguir caminando juntos.

Perdonar es una gracia de Dios que me permite ver nuevamente al otro como un don para mí y redescubrirlo en su verdad, en su belleza, como alguien a quien necesito para seguir viviendo. Es hacerle sentir que es más importante que cualquier cosa que haya podido hacer y que no quiero quedarme en el dolor de la herida sino restablecer la relación.

El perdón se hace posible cuando constato mis propias limitaciones y pecado, cuando reconozco que yo también tengo que ser perdonado.

Pedir perdón es una audacia y una experiencia del amor humilde. Es mostrarse vulnerable y necesitado, poniendo nuestra vida en las manos del otro para ser recreados. Es un pedido que nace desde el corazón mismo de nuestra limitación y de los errores cometidos. Es un grito todo lleno de humanidad que solicita ser escuchado para recuperar la cercanía perdida.

Al pedir perdón estamos reconociendo cuanto necesitamos estar en comunión para poder seguir viviendo.

Son las experiencias de perdonar y de pedir perdón las que robustecen y le dan madurez a la relación de pareja. No hay unión más profunda que nace de dar vida y recibir vida del otro y no hay gozo comparable a esa experiencia de comunión.

4. Aprender a celebrar

Aprender a celebrar es cultivar la capacidad de admirarnos de lo que el otro es y de reflejar lo que es para mí. Se requiere aprender a mirar, a desentrañar la realidad y a cantar su vida y la vida como un don de Dios.

Desgraciadamente vivimos en un contexto de exigencias, de más y más, y de frustraciones por lo que aún falta, por lo no logrado. Es por esto que nos cuesta detenernos para volver a mirar y permitirnos gozar de lo que el otro es y hace, de lo hermoso y verdadero que tiene, de lo que Dios y los hermanos nos han regalado.

Nuestra sensibilidad está más atenta a reconocer y reflejar lo que nos incomoda e irrita; por eso tenemos que hacer un esfuerzo importante para que nuestros ojos vean, nuestro corazón celebre y, echando fuera toda rutina, admiremos cada día la gratuidad del amor, de la compañía, de la vida junto a otro.

Celebrar es darle relieve a la vida junto al otro, es pensar para sacar la cuenta de lo vivido, gozar de un nuevo acontecimiento de la vida, cantar lo logrado, es decir mi gozo, nuestro gozo de vivir.

Celebrar está estrechamente vinculado a contemplar la realidad; y los que lo hacen, al terminar, dicen amén a la vida y gracias a Dios, su autor.

Celebrar supone una opción y un aprendizaje. Es estar abierto a lo bueno, lo gozoso y lo logrado, es destacar lo rescatable de cada situación, es cultivar una mirada clara, un corazón agradecido y unos labios que dicen la vida; unas manos que apoyan y aplauden, unos pies que bailan, una boca que canta.

Es todo nuestro ser el que se sobrecoge ante la bondad de Dios que pasa por nuestra vida de pareja y de familia.

El sacramento del matrimonio es una gran invitación a todos los casados a entrar en la escuela de humanidad que es vivir humildemente cada día escuchando al otro, confiando en él, perdonando y pidiendo perdón, celebrando toda la vida juntos.

Cada pareja ya tiene un cierto camino recorrido y le queda todavía tanto por andar. Es la gracia, son los hombres, es la Iglesia la que hace posible continuar ya que necesitamos del testimonio de parejas que buscan vivir con santidad estos caminos para así configurarse con Cristo.

El Evangelio es una larga lista de hombres y mujeres confiados que supieron poner sus vidas en las manos de Jesús. Intuían que El podía salvarlos, darles gozo y sentido, al entrar en comunión. Hoy cada pareja sigue escribiendo su evangelio de salvación y los hombres necesitan escuchar su anuncio para despertar a la esperanza.

Es difícil la tarea para el hombre pero sí es posible para Dios, Maestro de imposibles. Ser uno en la vida, ser testigos del amor de Dios es invitacion, es desafío, es esperanza.


Manuel y Nancy

 

Fuentes bibliográficas:

· Ayudas. Centro de Espiritualidad ignaciana CEI Compañía de Jesús. Autores: Alvaro González, Pbro. y Pelagia Ortuzar
· La Biblia Latinoamericana

Actualizado: Septiembre 2007.

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